miércoles, 15 de febrero de 2017

Ah, el amor al saber

La filosofía, si nos atenemos a su etimología, es el amor al saber. ¿Saber qué? Saber todo, me responderán los que se atribuyen el apelativo de filósofos. ¿Todo?, responderé yo con dejo irónico. ¿También de fútbol? Y enseguida responderían: de todo lo fundamental. ¿También de sexo? El sexo es fundamental, no sólo para crear vida (crear filósofos) sino para mantenerla, para gozarla. Y se pondrán furiosos conmigo, en su faz esa arruga ingenua de concentración fruncida. Porque para ellos, lo fundamental trata de las causas primeras, las razones ontológicas, los fines metafísicos, la hermenéutica, la gnoseología. El ser en sí y para sí. Y con ático estilo y  erudición romana, en prosa pomposa, obtusa, claustral, inflada, ostentosa, pleonástica, plagada de solecismos, de sesquipedales, heliogabaliana, ocluida, ligaran los eslabones inconexos en una bien trabada cadena argumental a favor de su actividad. Y lo harán con la seriedad machacona del roedor. Sin enterarse de que precisamente lo que consideran el “todo lo fundamental” es lo que no interesa a nadie salvo a esa tropa de seres rancios con calvicie, halitosis y doctas miopías. Porque para estos seres, que viven en otro planeta, el discutir las causas del ser en sí y el ser como fenómeno existencial les pone cachondos. Y así, en inutilidades de este tenor pasan su existencia y se olvidan de vivir. Con razón decía Carlos Marx que la filosofía es al estudio del mundo real lo que el onanismo al amor sexual. Quizá de ahí venga la expresión “pajas mentales”, que define a esta labor de eruditos del pensar que sólo produce tratados ilegibles, dispepsia y cuernos. Porque ser mujer de filósofo es muy duro, toda la sangre del cuerpo de su marido regando circuitos neuronales y dejando otros órganos más productivos (o reproductivos) sin riego. Y eso sí que no. De ahí que Jantipa, la mujer de Sócrates, le montase esos pollos. Eso y que malgastaba su energía sexual con mancebos.


Zaragoza, 15 de febrero de 2017

jueves, 9 de febrero de 2017

Por el contraste al humor

Si a la fotografía de arriba se le quitase el bocadillo, la escena pasaría de causar risa (o dibujar una sonrisa) a causar pena. Una cola de personas que esperan para hacer trámites, aunque no sea para conseguir empleo, es algo que causa pena, cuando no lágrimas. Podría, por unir dos chistes, haber puesto un bocadillo al funcionario que, a la derecha, con las gafas en la mano, mira cómo su compañera sale del apuro, que dijera (el bocadillo): “Vuelva usted mañana”. Pero, la verdad, maldita la gracia que le haría al solicitante. Y es que el humor, en muchos casos, se crea con el contraste: hacer de una situación penosa una divertida por medio de una incongruencia o una salida no esperada. Porque el humor, como dijera Mark Twain, proviene de la amargura. En el Paraíso no hay humorismo. Ni en las religiones monoteístas. Aconsejaba Mahoma no reír en exceso, porque el excesivo reír debilita el corazón. Y prohibía a sus discípulos hacerse bromas. Del humor de San Pablo y San Agustín mejor no hablar. Basta leer sus escritos. Los judíos ortodoxos con rizos de adolescente bajo sombreros negros no saben sino lamentarse y pegarse de cabezazos frente a un muro milenario. Sólo algunos monjes zen son capaces de concebir el humor. Caro que muchos no llamarían al budismo zen una religión. Yo tampoco. Todo sea para mayor honra del zen. Y es que la risa es, por definición, cosa de herejes, de ateos, de descreídos y escépticos. Los fanáticos y los creyentes no saben reír. Y es que dios ahoga, pero no aprieta. ¿O es al revés?


Zaragoza, 09 de febrero de 2017

miércoles, 25 de enero de 2017

Los límites de la libertad

A menudo, demasiado a menudo, entre los hombres y la libertad se halla un uniforme. Incluso en las sociedades denominadas libres, la presencia de uniformes nos impide a veces aprovechar la libertad hasta su límite, si es que la libertad, como la belleza o la bondad, puede tener límites. Si nada puede ser demostrado demasiado bello o demasiado bueno, ¿puede algo ser demasiado libre? La única limitación para ejercer la libertad debe ser para los enemigos de la libertad. Es una paradoja, pero explicativa y necesaria. Es otra manera de “ser intolerantes” con los intolerantes, que dijera Karl R. Popper. Y de eso saben mucho en el norte de esta España nuestra, o suya, o de quien sea. Pero la libertad no es una filosofía, ni una teoría, es una posibilidad, una posibilidad que se renueva cada vez que alguien se enfrenta al poder, cada vez que se denuncia una injusticia, cada vez que damos nuestro apoyo a los débiles y oprimidos. Decía Azaña que quizá la libertad no haga felices a los hombres, pero al menos, los hará hombres. Porque no queremos la libertad de la resignación, esa que cantaban/alababan los estoicos, una libertad en la imperturbabilidad, en la pobreza, en el hambre. Queremos una libertad que se ejerza, pero una libertad que no ejerza. Algo tenue, sutil, que apenas se note, pero que permita al ciudadano respirar mejor, pensar mejor, ser mejor. Una libertad que tiene precio, como bien sabía Jefferson, y ese precio es la continua vigilancia. Pero este precio, como acertadamente advirtiera S. J. Lec (que no era jesuita a pesar de las iniciales), disminuye cuando crece la demanda. Cuanto más seamos sus partidarios, menor será el precio a pagar. Nuestra libertad, además, ha de ser una espontaneidad ligada a la inteligencia, no la libertad del que está dispuesto a morir de hambre, no la libertad del pájaro sino la libertad de la flor. Y recordad que aquel que es libre no lleva armas.


Zaragoza, 25 de enero de 2016

miércoles, 18 de enero de 2017

Periodismo sospechoso

¿Ustedes se han preguntado alguna vez cómo es posible que todos los periódicos recojan  exactamente cuarenta (o cincuenta, da igual) páginas de noticias? ¿Por qué no más o menos? ¿Por qué no un día 53 páginas y al siguiente sólo ocho, pues no da de sí la información? Siempre el mismo número de páginas, suceda lo que suceda en el mundo. Muy sospechoso. Como si conocieran de antemano lo que hubiera de acontecer, como si un demiurgo controlador fuera dejando sucesos, catástrofes y efemérides hasta llegar a cuarenta páginas justas y luego cerrar el grifo del hado hasta el siguiente día. Si ya nos era sospechoso el sesgo de muchas noticias, ahora surge esta sospecha de tongo. Y es que el periodismo no puede evitar vivir bajo la sombra de la sospecha. Otra sospecha es la variedad. Las noticias responden a un criterio de vejez rápida y cambio constante. Se necesitan noticias nuevas todos los días. Esta característica también torna al periodismo sospechoso. ¿Por qué dejar atrás noticias que aún podrían funcionar como tales? Antiguamente era otra cosa. El difunto barón Eckestein publicó diariamente durante veinte años en el Allgemeine Zeitung el mismo artículo contra los jesuitas. Hoy, salvo ciertos “trompetas del apocalipsis”, que diariamente repiten la misma diatriba antiprogresista y pro guerra civil, las noticias mueren casi al día siguiente al que han sido publicadas. Nacidas para morir. Lo contrario de las noticias que emiten los “trompetas”: nacidas para matar. Para navegar entre las páginas de los modernos periódicos se necesita la mirada intrépida de un Edipo y los oídos tapados de un Ulises. También es cierto que muchas veces el periodista insiste en decir algo que sabe que no es verdad, convencido de que al repetirlo muchas veces se convierte en verdad, pero debe disfrazar esta añagaza con el ropaje de la novedad: un nuevo dato, una nueva pista. Como la teoría de la conspiración en relación con el 11M. Ante este juego poco limpio de los periodistas conviene usar la receta de Torres Villarroel: “De las noticias, unas dudo, pocas creo, y en las más nos engañan”.


Zaragoza, 18 de enero de 2017

miércoles, 28 de diciembre de 2016

¿Hay sexo después de la muerte?

¿Hay sexo después de la muerte? ¿Hay sexo entre los muertos vivientes? Si acudes a un burdel del hades, pagas tú óbolo y te adjudican una mujer que te regala el rictus facial de la mujer de la foto adjunta, ¿qué haces? ¿Pasas directamente a la sección de travestís? ¿Te haces casto a perpetuidad? Y es que en el sexo, salvo el que posea alguna desviación (legítima, por supuesto, muy legítima) la apariencia apacible y serena es esencial. No se puede hacer el amor a un ser enfurecido, ni apático, ni repelente (bueno, un poco repelente…). Las glándulas motoras del apetito sexual necesitan la motivación de la serenidad, el cariño o una complaciente pseudo-pasividad. Por lo menos esto funciona con los caballeros. Con las señoras es otra cosa. ¿No decía un dicho (perdón por la redundancia) que “el hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso”? Y el doctor Marañón, nuestro Freud de andar por casa, aseguraba que el varón-varón (nótese el énfasis en la repetición) poseía la siguiente apariencia: talla reducida (se supone que de altura), piernas cortas, rasgos fisiognómicos intensamente acusados, piel dura y provista de barba y vello. Vamos, la pareja perfecta de la mujer de la foto. Pareciera que Marañón definía a un sátiro, a un fauno peludo, pero no, quería definirnos a los españoles. De todas formas yo no he visto que los tipos que responden a la definición de Marañón (haberlos hay, si bien escasean cada vez más) liguen mucho o se lleven tías buenas al catre. Ellas los prefieren rubios, altos y depilados, vamos, lo contrario al retrato del doctor Marañón. ¿Significa eso que nuestra raza está en declive? Ay si Marañón levantara la cabeza y viera a los varones de hoy, tan acicalados, tan metrosexuales. ¿Qué haría? Meneársela.


Zaragoza, 28 de diciembre de 2016

miércoles, 21 de diciembre de 2016

El budismo, esa tolerancia religiosa

De las religiones, el budismo es la más cómoda. El budismo y sus subproductos son las únicas religiones no proselitistas. Su credo viene a ser sencillo y sus ceremonias fáciles de seguir. Es una religión que tiene lo que deberían tener todas las religiones: amor, poesía y duda. Sus practicantes son cual junco abatido favorable al céfiro, capaces de interrumpir la meditación si cruza el aire quieto una bandada de mariposas en zig-zag. A mil años luz celestiales de esas sectas que obligan a santiguarse, levantarse, arrodillarse, confesarse, inclinarse hasta dar con la cabeza en el suelo, a cantar, a darse la mano, a darse cabezazos contra un muro o fajarse un chaleco con explosivos. Al budista le basta una túnica azafrán y una escudilla. Ah, y un buen corte de pelo, preferentemente al rape. Kafka se quejaba de que en su sociedad sólo se rezaba a un único grupo de divinidades: los dientes apretados. Las religiones orientales como el budismo o el taoísmo se parecen más a lo que Alan Watts denominaba una verdadera religión: la transformación de la ansiedad en risa. Lo contrario de las tres religiones monoteístas de nuestro entorno, llenas de tristeza, crispación, odio y beligerancia. ¿Cómo se puede seguir a una religión cuyo dios es capaz de crear un lugar como el infierno, una religión que afirma y sostiene en su doctrina que si un niño de diez años dice una mentira y luego muere, su dios le hará arder en el infierno para siempre? ¿O esa religión cuyo dios, en un ataque de ira, mandó matar a todos los primogénitos de Egipto? No hace falta recalcar lo que el extremismo islamista provoca hoy en el mundo. Se requiere una pasta especial para sustentar y compartir religiones de ese tipo. La Reforma protestante, se sabe, se debió al estreñimiento crónico de un monje alemán. Un monje que dejó escrito: “Cuando se escucha el nombre de nuestro Señor Jesucristo, todos los infieles e impíos del cielo y la tierra deben atemorizarse”. Y ya lo creo que nos entra miedo. Un cisma por falta de un jodido laxante que le aliviara el vientre. Pero no por tener miedo nos callamos.  Yo abogo por una doctrina donde no pudieran crearse sectas o herejías: por ejemplo, la geometría. La geometría no euclidiana, se entiende.


Zaragoza, 21 de diciembre de 2016

martes, 29 de noviembre de 2016

Qué se necesita para una revolución

La revolución se hace, antes que con cuerpos doctrinales, con consignas y símbolos. La hoz y el martillo y unos cuantos eslóganes realizaron la revolución bolchevique. Ninguno de los que lucharon en las filas comunistas se había leído los libros de Lenin y aún memo ese mamotreto de Marx llamado El capital. Bueno, a lo mejor algunos, como Trosky, pero así le fue. Bastaba para tomar el Palacio de Invierno un efusivo orador, un puño cerrado en alto y una bandera roja. Con la revolución cubana sucedió lo mismo. Ninguno de sus defensores, o muy pocos, habían leído a Martí, al que después proclamaron precursor de su revolución. Y ahora, entre los que defienden la revolución cubana, ¿quién se ha leído los discursos de Fidel o los libros del Che? Pero la foto del Che con boina y la estrellita en su centro han desperdigado la revolución, o sus intentos, por todo el orbe. Y también las barbas de Fidel, recién fallecido, con su sempiterno habano en la boca. Sin embargo hoy, con la paranoia que producen los fumadores, esa imagen es casi un testigo de cargo contra la revolución. Bastaría reunir revolución y tabaco para desprestigiarla en medio mundo. De nuevo jugamos con los símbolos. Estoy seguro de que la próxima revolución, si ello es hoy posible, será una “revolución sin humos”. Y no se referirá a los humos que salen de las bocas de los fusiles sino a que serán revolucionarios no fumadores, grandes recicladores, defensores de la comida ecológica y usarán balas sin plomo. Y echarán en cara al capitalismo no la opresión y alienación de los trabajadores sino su creciente contaminación y desestabilización climática del planeta. Una revolución verde, comandos de Gaia para salvaguardar la naturaleza. Una naturaleza anti-tabaco, anti-taurina y anti-grasa. Y ocurrirá lo que ocurre con las revoluciones: que llegan, pero no será la deseada, será otro tipo de opresión. Y vuelta a empezar.


Zaragoza, 30 de noviembre de 2016