miércoles, 19 de julio de 2017

En torno a la guerra

La guerra es un tema inacabable, inabarcable. La guerra acabará, no obstante, con nosotros. Una prestigiosa revista británica calcula en 600.000 las víctimas de la última guerra de Irak. Y todavía los defensores de la invasión, en vez de sonrojarse o suicidarse de remordimientos, la defienden como una acción necesaria para la libertad. ¿Libertad de quién? Arguyen que se ha derrotado a un tirano. Y yo me pregunto, ¿vale la destitución de uno de los miles de tiranos que pueblan este mundo la muerte de 600.000 hombres? Y eso sin entrar en si ese era el verdadero propósito o eran otros los fines, más crematísticos, que albergaban los invasores. Aceptando la cifra de víctimas anterior como un valor de cambio estándar, a estos defensores de la invasión les preguntaría: “¿Cuántos muertos hubieran estado dispuesto a causar para derrocar a Franco? ¿300.000 muertos hubiera sido un buen precio? Pero se me olvidaba que uno de ellos, el de bigotillo, apoyó a Franco, salió de sus propias filas. Los norteamericanos, que encumbraron y sostuvieron a Sadam Hussein (y a otros tiranos igual de crueles), se arrogan luego el derecho a derrocarlo, aunque el precio en víctimas humanas sea tan alto. Pero aún les haría más preguntas: ¿Por qué Sadam Hussein? En el mundo había (y hay) más tiranos, tiranos más crueles y malvados. ¿Será que estos tiranos no tienen petróleo o que poseen armamento nuclear, dos escenarios que no conviene menospreciar?
            Pero miremos el lado práctico, el más inhumano. Karlheinz Deschner dijo: “Cuando los hombres caen, suben los precios”. Fue profeta con lo de Irak. La guerra elevó el precio del petróleo hasta niveles impensables, precios que dejaron pingües beneficios en las principales compañías petrolíferas que, casualmente, son norteamericanas e inglesas, nacionalidad de los dos principales instigadores de la invasión. Pero si hasta Plutarco lo sabía: “Los pobres van a la guerra a luchar y a morir por los placeres, las riquezas y superfluidades de los ricos”. Cierro esta digresión con una sentencia lapidaria de Hermann Hesse: “El lado para el que trabajan los cañones nunca es el adecuado”.


Zaragoza, 19 de julio de 2017

miércoles, 28 de junio de 2017

La mujer, los poetas y el dolor

¿Por qué la imagen del dolor resalta más, parece más real, en el rostro de una mujer? ¿Será que el dolor va unido a la sensibilidad, que lo propaga y lo amplifica? La mujer pasa por ser más sensible que el hombre. Y si es poeta, doble sensibilidad. Ya lo dijo Aleixandre: “Sí, poeta; el amor y el dolor es tu reino”. Como hemos dicho, si unimos a la cualidad de poeta el de ser mujer, obtenemos la antena más precisa para recoger el dolor en todas sus variantes. Y esa antena bien puede llamarse Alejandra Pizarnik: “Yo no sufro, yo no digo sino mi asco por el lenguaje de la ternura”. Pero mentía, sí sufría, y mucho. Acabó con su vida tomando un tósigo. Se envenenó. Otro poeta que sufrió lo indecible fue César Vallejo: “Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya causa ni carece de causa”. Sí, la mujer y los poetas son los sufridores de este reino donde impera el desamor. Cuando se quiere resaltar el dolor de una catástrofe, de un atentado, se recurre a las mujeres, mujeres madres, mujeres esposas, mujeres con lagrimales secos de tanto llorar. No sé si el dolor nos hace mejores o simplemente nos endurece, nos hace callo en el ánimo. Decía Umbral, Francisco, que había que beber a chorros del dolor, beberlo a morro. Pero de todos los dolores se bebe a morro. Quienes se preparan una copita de dolor y lo saborean como un enólogo, ése no sabe lo que es el dolor. El dolor no se deja domesticar. El dolor tampoco se olvida. El dolor que se olvida no es dolor. ¡Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, y más la nada!


Zaragoza, 28 de junio de 2017

miércoles, 21 de junio de 2017

La molesta manía de regalar

Vivimos una época de consumo desaforado, desbocado. Se compran regalos para los cumpleaños, los santos, las despedidas, los matrimonios, los divorcios, por San Valentín, por San Cucufato, cualquier efeméride es válida para lanzarse en busca del objeto de regalo ideal. Pero la oferta de objetos ideales, idóneos, es tan grande que los despersonaliza y los vuelve ordinarios, cuando no fuera de contexto. Pero hay que regalar, hay que regalar… Es el mantra de nuestra sociedad del despilfarro: “hay que regalar”. Y nos regalan, regalamos. Nos regalan y regalamos objetos inservibles que uno no sabe dónde ocultar, dónde esconder, cómo deshacerse de ellos. La mayoría son bibelots que terminan en las estanterías, entre los libros, lo que provoca que se caigan o que haya que apartarlos para sacar un determinado tomo, lo que a su vez provoca que renunciemos a la lectura para no tener que reordenar toda la morralla que entorpece la extracción de los libros. El regalo de compromiso deviene así el peor enemigo de la lectura. El regalo de chuminadas es hoy tal negocio que al menos dos veces al año los semanarios de los principales diarios nos regalan suplementos donde se muestran con profusión estos preciados y codiciados objetos con los que torturar a parientes y amigos. Y entre sus páginas uno descubre dónde se ha refugiado la inventiva de los diseñadores y creativos. Es así que uno puede encontrar objetos tan inútiles como el temporizador de pasta cuya foto acompaña esta crónica (lean su utilidad, su funcionamiento, lean y abochórnense), o el sacacorchos hidráulico y diseño ergonómico, el limpia pipas con cadenita para sujetarlo al batín (¿Quién coño lleva hoy batín en casa?), la pluma estilográfica que es a la vez despertador, los calcetines con bolsitas que recogen el sudor, las pantuflas con calefacción eléctrica, el condón que emite gemidos de placer, las tijeras a vapor, el abre-cartas que es a la vez termómetro, un calendario que se rige por el rito milanés. ¿Para cuándo el bibelot que repita al comprador, cada minuto: “imbécil”?


Zaragoza, 21 de junio de 2017

miércoles, 31 de mayo de 2017

Literatura para soñar

La literatura ha sido acusada de hacernos soñar y apartarnos de ese deber ingrato que es la vida. Y efectivamente, la literatura puede evadirnos, pero esa evasión no tiene por qué significar renuncia a la vida. Y aunque así fuera, ¿qué? Vila-Matas asegura que entre la vida y los libros se queda con éstos últimos. Y yo le comprendo, y casi comparto su criterio. Pero no es una idea nueva. Ya Proust manifestó: “la verdadera vida, la vida por fin esclarecida y descubierta, la única vida por lo tanto plenamente vivida, es la literatura”. ¿Quién no ha sufrido, de entre los lectores, el trauma del regreso a la realidad? ¿Quién no ha visto reducida la existencia que le rodea al regreso de Macondo, o del París de Rayuela? Nuestra vida siempre es más pobre, más chata, más roma de sentimientos y más avara de avatares. Quizá Sartre tuviera razón cuando denunció a la literatura como una ilusión, cuando asegura que se escribe porque no podemos vivir como quisiéramos. Para eso nació la literatura, para poder vivir otras vidas, otras épocas. ¿Vidas con red? Pues sí, pero qué importa si cuando estás en el aire no la percibes, no la sientes, ni te importa si está o no está. Admito que este punto de vista de quienes apostamos por soñar en/con/dentro de la literatura no es compartido por mucha gente. Los exégetas de la cruda realidad proclaman que una noche de primavera relaja más que toda la literatura. ¿Y una noche de primavera vivida en una novela? Otros tachan a las novelas de literatura infantil para adultos, prefiriendo a este género la autobiografía, los libros de geografía o de ciencia. ¿Y qué? ¿Acaso no se puede soñar con príncipes y princesas una vez cumplidos los veinte años? Hay que escapar de la rutina de los días y las horas, y para ello están esas puertas a lo extraordinario que se llaman libros. Y es que yo, como García Hortelano, creo que la literatura es esa otra vida de la vida. Dos vidas, un chollo.


Zaragoza, 31 de mayo de 2017

miércoles, 24 de mayo de 2017

Puñetera publicidad

La publicidad es una fuerza imparable, ubicua, indestructible, casi omnipotente. Los altos salarios que paga esta industria le permite alquilar los cerebros más creativos de la sociedad, los más atrevidos. Cuando no son los mensajes subliminales, son las técnicas promocionales dictadas por sesudos psicólogos. Al diluirse entre tantos medios y ante la apatía, prevención o coraza que la publicidad genera en los destinatarios, se elucubran nuevas vías de penetración. Así surgieron los anuncios en forma de noticia (la palabra publicidad aparece en letra pequeña y en el recuadro de la pantalla menos visitado por el ojo), anuncios dentro de las series televisivas o películas (la marca del coche del agente secreto, el aceite que utiliza el ama de casa del serial), y ahora se estila colgar vídeos en internet con la suficiente enjundia para que sean los mismos usuarios los que expandan el mensaje. El caso más notorio es el vídeo que encargó la MTV “Yo amo a Laura”, donde unos jóvenes pijos cantaban las alabanzas de la virginidad, o el más reciente del robo del sillón del presidente español, para anunciar una campaña contra el hambre. ¿Qué será lo próximo? ¿Nos hablarán los garbanzos? ¿Compraremos gafas que interrumpan momentáneamente la visión para recomendarnos una película o unos calzoncillos? Todo es posible, nada es descartable, salvo la circunstancia de que nos dejasen en paz.


Zaragoza, 24 de mayo de 2017

miércoles, 26 de abril de 2017

El bifronte mundo del periodismo

¿Pueden co-existir dos realidades? A tenor de los periódicos de este país, esto no es sólo posible sino que sucede todos los días, a todas horas. Si un lector sólo tuviera como fuente de información el periódico El Mundo y las emisiones de la COPE e 13 TV, viviría en un mundo totalmente distinto del que se informara exclusivamente del Diario Público, la cadena SER o una televisión normal. ¿Cómo puede ser, cómo puede cope? Menos mal que hay indicios, y muchos, que identifican al distorsionador profesional. Los demás periódicos y radios del país, y son muchos, tienden a tener interpretaciones de las noticias más afines a Diario Público y a la cadena SER, que por algo es la más escuchada. Además, los demás estamentos sociales: judicatura, policía, organizaciones no gubernamentales, la ONCE y el Orfeón Donostiarra tampoco apoyan la visión de la realidad del periodista (sic) Eduardo Inda y sus palmeros (recientemente se les denomina trompetas). Lo cual induce a pensar que estos partidarios de teorías de la conspiración participan de la característica más representativa de este tipo de teorías: la paranoia. El Estado, la Policía, los jueces, la Guardia Civil, la mayoría de los partidos políticos y sus votantes se han confabulado contra ellos y su verdad. Pero gracias a su “periodismo mágico” creen que podrán romper el hechizo que recae sobre la mayoría de la población y hacerles ver la luz, o su luz. Una luz que ciega, sobre todo a los que tienen la linterna. Y total, su única baza, además de introducir crispación en la sociedad, es que la gente crea que si algo aparece en letra impresa o se emite por las ondas, debe ser verdad. Qué pocos tienen la valentía de Erik Satie: “Nunca leo un periódico que comparta mi opinión: debe estar distorsionado”.


Zaragoza, 26 de abril de 2014

miércoles, 19 de abril de 2017

Acoso escolar

Hoy en la radio he oído decir a un contertulio que se está exagerando la frontera para que una molestia o problema que siempre ha existido se convierta en un trauma o un problema social que hay que erradicar con presteza. En concreto se refería a esa estadística de algún organismo tutelar que afirma que uno de cada cuatro alumnos escolares sufre acoso. Él no creía que tal cifra fuera posible. Yo tampoco. Pero analizando el informe se descubre que para poder engrosar la lista de los acosados basta con que se hayan reído de alguien en clase o que le hayan puesto un apodo. Esto explica la alarmante estadística. Pero, ¿de quién no se han reído en clase? ¿Quiénes no han sido alguna vez importunado por el matón del curso? ¿Quién no ha tenido que aguantar que le llamen por un apodo? Yo he sufrido todas estas calamidades (no de forma simultánea, ni crónica ni persistente, claro) y no me he considerado objeto de acoso, o por lo menos no en el grado de necesitar tratamiento o defensa. Bien es cierto que no me gustaba y que si me topo algún día con alguno de aquellos tipos les mandaría a la mierda (no les rompería la cara porque si en aquel momento eran más fuertes que yo, asumo que lo seguirán siendo; claro que si fuese en silla de ruedas, y hubiera cerca una pendiente…). En fin, que el acoso se da, nadie lo niega, y es posible que en estos tiempos de enseñanza obligatoria haya aumentado la cifra, pero decir que uno de cada cuatro chavales sufre acoso en la escuela es agarrársela con papel de fumar. A este paso veremos a los chicos denunciar a sus maestros por suspenderles (menudo trauma para el pobre alumno) o a sus padres por no dejarles jugar a la consola, un derecho inalienable del niño de hoy. No nos pasemos. Ni pasemos, ojo.


Zaragoza, 19 de abril de 2017